Amarillo limón

N.007 - Poesía

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Amarillo Limón

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Amarillo limón

N.007 - Poesía

Amarillo limón

N.007 - Poesía

Escrito por Imelda Carbajal

Se secaron las dos palmeras
Par de pájaros citrinos
Dadoras de muerte tropical.
Se va la vida del cielo
Y las hormigas ya no treparán;
No montarán de las salvajes datileras.
Bina de mujeres saladas,
Ahora los animales se trepan en mi cuerpo:
Libres, escalan y dejan piquetes sagrados.
Sudaban agua bendita
Y cubrían de polen el lugar.

Desde que se secaron las palmeras
-pies fundidos en arena-
Solo se escucha el crujir de ramas color pardo,
Color común en aves pasajeras;
Mis amigas se preocupan por mi ausencia
Y mis suspiros mueren en sus quejidos.
Ahora sostengo a las hormigas en mi torso

Se secaron las palmeras:
Murieron perforadas por el deseo
Quedaron inertes en el placer
Leve putrefacción el tiempo
Y de ellas sólo quedan rastrojos marrón
-la última pareja en el recuelo-
Cayendo polvo a polvo
Acariciando el sol con mi cabello
Y alimentando a los insectos de tristeza y de recuerdo.


“Por nuestros pocos conocimientos, hasta los cimientos ¡salud!”. 
Dicho pupular

En todo el transcurso de la semana, tuve que enfrentarme a las críticas de aquellos intelectuales que estaban plenamente convencidos de que, el único lugar que puede llegar a ser digno de tertulias literarias, es un café. Pero yo no buscaba un “lugar fino”, más bien buscaba un lugar de tradición tapatía, que no sólo nos acercara a nuestras raíces, sino que, además, nos hiciera comprender a través de la experiencia, aquel estado marginal que hizo llamar “malditos” a poetas como Baudelaire o Rimbaud.

Se trataba de una tertulia en el nombre de la embriaguez; se llevaría a cabo en Los famosos equipales, una cantina cuya decoración, más que llegar a ser una estructura “chilaquileada” (o Kitsch) puede percibirse como una decoración barroca “a la mexicana”.

En las paredes cuelgan una infinidad de cuadros con el escudo y la mascota de las Chivas del Guadalajara, fotografías en las
que aparecen jugadores de futbol y luchadores de box,  identificados al instante por los aficionados a estos deportes. Se encuentran también carteles sobre corridas de toros y toreros famosos, entre ellos Manolete. Me llevé una sorpresa al ver como extraviada entre los deportistas, una fotografía en blanco y negro de Agustín Lara, firmada por el mismísimo compositor.

Se conserva en la entrada aquellas puertas de película de vaqueros y una majestuosa barra de licores, que antes estaba prohibida a las mujeres, debido a su antiguo escupidero, que las personas ya borrachas solían confundir por baño.

Charlé con la dueña del lugar. Ella no dudó en decir que sí. La tertulia ya no era tan sólo una idea o una revelación, era un hecho.

Balas para hacer “callo”

Fue un domingo 23 de septiembre.

Alrededor de 15 personas (estudiantes de letras y amigos de éstos, también amantes de la literatura) eran las que conformaban la audiencia.

Cruzaron las puertas de vaquero tres hombres altos, con facciones nada finas, vestidos de traje y corbata.
Eran el vívido estereotipo de “señor de oficina” que nunca se ve en domingo. Estaban sólo mirándonos despectivamente, daban la impresión de que tenían planeado algo...

Entre los saludos y la elección de un buen equipal para presenciar el evento, desfilaban en la primera ronda, cervezas León, Negra Modelo y Pacífico, acompañadas con cacahuates, churritos de harina y tostaditas de frijol.

Iniciamos la tertulia ya entrados en calidez. Martín García López con Patmon, un relato con sublimes descripciones formuladas a partir de la sensible visión de un niño, acompañado de Patmon, su pato y “único amigo”. Nydia Pando con su relato ácido, no apto para dogmatistas, sobre una joven que, a pesar de estar bajo los efectos de psicotrópicos, logra burlar a dos extranjeros para evitar cualquier contacto sexual. La misma protagonista termina burlándose de ella misma por la situación absurda que ha vivido. Víctor Villarreal con sus poemas, trajo a Borges desde “El Aleph” hacia nuestros ojos y...

Uno de los hombres se paró de la barra, y se dirigió hacia la rockola. No le importó la molestia que nos podría causar la banda. Víctor, levantó la voz y continuó declamando: “[...] para los tolerantes/para los ntolerantes [...]” un poema propicio para las circunstancias.

¡Aah! Éstos cabrones que no se callan− grito uno de ellos –Pues ve y súbele a la música para que entiendan − contestó otro. Nos querían callar de mala gana, pero no cedimos.

El volumen alto de la rockola no fue obstáculo para Arnulfo Valdez. “Tupa túpa tupá” resonó la creación: Poema, música, relato alternativo del origen del todo. Pasión onomatopéyica consistente. Los hombres ya estaban totalmente irritados de nuestro “puto evento”; se pararon de la barra y sólo nos observaban, parecía como si tuvieran algo planeado, además de odiarnos.

Francisco López con La esfera que se come a lengüetazos, una alegoría erótica que hacía ver al sexo como un acto cremoso y dulce. Un poema que “supo sabroso” con las nalgas alegres que tomábamos, bebida preparada con limón, ron, vino tinto, ginebra, y crush.

No sé si haya sido por la “cachondez” del poema de Paco, pero lo cierto es que, los hombres trajeados ya no nos toleraron más; uno de ellos sacó un revólver de su mariconera y empezó a disparar hacía el techo de la cantina. Rápido nos metimos debajo de las mesas.

Curiosamente, a pesar de la caótica escena, los participantes de la tertulia se mostraban tranquilos (Magnolia Cárdenas incluso empezó a declamar Prisma de Manuel Maples Arce, debajo de la mesa).

Hubo un silencio repentino, total. El hombre que lanzaba los disparos había sido noqueado con una botella de vidrio por uno de los mismos hombres trajeados.

Fue ese momento el que aprovechamos para tratar de salir de la cantina. No creíamos lo que había pasado.

El tobillo de Martín sangraba, una de las balas lo había rozado. Sin embargo, él y el resto se veían tranquilos e incluso alegres; más que a las críticas, hoy habían sobrevivido a las mismas balas.


Se secaron las dos palmeras
Par de pájaros citrinos
Dadoras de muerte tropical.
Se va la vida del cielo
Y las hormigas ya no treparán;
No montarán de las salvajes datileras.
Bina de mujeres saladas,
Ahora los animales se trepan en mi cuerpo:
Libres, escalan y dejan piquetes sagrados.
Sudaban agua bendita
Y cubrían de polen el lugar.

Desde que se secaron las palmeras
-pies fundidos en arena-
Solo se escucha el crujir de ramas color pardo,
Color común en aves pasajeras;
Mis amigas se preocupan por mi ausencia
Y mis suspiros mueren en sus quejidos.
Ahora sostengo a las hormigas en mi torso

Se secaron las palmeras:
Murieron perforadas por el deseo
Quedaron inertes en el placer
Leve putrefacción el tiempo
Y de ellas sólo quedan rastrojos marrón
-la última pareja en el recuelo-
Cayendo polvo a polvo
Acariciando el sol con mi cabello
Y alimentando a los insectos de tristeza y de recuerdo.


Se secaron las dos palmeras
Par de pájaros citrinos
Dadoras de muerte tropical.
Se va la vida del cielo
Y las hormigas ya no treparán;
No montarán de las salvajes datileras.
Bina de mujeres saladas,
Ahora los animales se trepan en mi cuerpo:
Libres, escalan y dejan piquetes sagrados.
Sudaban agua bendita
Y cubrían de polen el lugar.

Desde que se secaron las palmeras
-pies fundidos en arena-
Solo se escucha el crujir de ramas color pardo,
Color común en aves pasajeras;
Mis amigas se preocupan por mi ausencia
Y mis suspiros mueren en sus quejidos.
Ahora sostengo a las hormigas en mi torso

Se secaron las palmeras:
Murieron perforadas por el deseo
Quedaron inertes en el placer
Leve putrefacción el tiempo
Y de ellas sólo quedan rastrojos marrón
-la última pareja en el recuelo-
Cayendo polvo a polvo
Acariciando el sol con mi cabello
Y alimentando a los insectos de tristeza y de recuerdo.


Imelda Lizette Ledezma Carbajal. Guadalajara, Jalisco, 2000. Actualmente estudio el cuarto semestre de bachillerato en la preparatoria número 7 de UdG. En busca de las cosas nuevas ya sea en libros o música, escribo en ratos libres. Quisiera estudiar letras hispánicas y seguir escribiendo.

Imagen de portada: Jonas Jessen Hansen

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