Abraham duerme

N.011 - Poesía

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Abraham duerme

N.011 - Poesía

Escrito por Andrea Sabine Núñez Quintero

Abraham de Dios
¿De cuál?
Del que está siempre detrás.
Abraham del dios que está siempre detrás.
No. ¿Detrás de tus palabras?
Espera, primero tengo que sacarlas del agua.
Detrás del ficus ¿un caracol?
No. Míralo a él.

                                                    Mírame.
Detrás de la almohada quién sabe.
Yo sé; él se olvida. Abraham.

Abraham duerme detrás de la pared
Se acurruca en el ruido de una ambulancia
Que lo encamina a una curación en el amanecer
Lloran tanto el preludio de los cálculos de la ciudad
Y la arbitrariedad del vocablo.
A él le duele la sábana cuando los dos estamos debajo
La luz está apuñalando a los barcos.
Los ahoga una luna de concreto. Sostenlos.
¡Cállense! Ellos pueden solos.

A veces la noche es un espejo.
¿A quién lastima entonces? ¿quién se queja?
Basta ya. La noche no conoce tu rostro.

¡Escúchame!
Él se acurruca — no sabe dónde —.
Si la noche no me conoce a mí
él no conoce a los monstruos de la noche
Dentro suyo Afuera despierta
Quiero exorcizarle. Exorcizar la miel de los minutos.
¿Que me la coma? No hay tiempo
Hacen falta dos almendras

Abraham a mi derecha; yo a su izquierda
En medio la desventurada trinidad de una lágrima
Se rehúsa a escuchar el canto bicolor de la sirena
Y convertirse en un multitudinario disparo a:

Se supone que los ojos saben ver
De los tuyos podría beberme la soledad del jardín
Sin embargo, aún ignoras
Que aquí no pasa nada

Nada más allá de las siguientes líneas:
Si tu ceguera te oculta lo que está detrás de la pared
Siempre puedes interrogar a tus preguntas
Yo digo la verdad de mi pentagrama defectuoso
Pero la susurro por si los monstruos:
Abraham duerme.

 

Abraham de Dios
¿De cuál?
Del que está siempre detrás.
Abraham del dios que está siempre detrás.
No. ¿Detrás de tus palabras?
Espera, primero tengo que sacarlas del agua.
Detrás del ficus ¿un caracol?
No. Míralo a él.

                                                    Mírame.
Detrás de la almohada quién sabe.
Yo sé; él se olvida. Abraham.

Abraham duerme detrás de la pared
Se acurruca en el ruido de una ambulancia
Que lo encamina a una curación en el amanecer
Lloran tanto el preludio de los cálculos de la ciudad
Y la arbitrariedad del vocablo.
A él le duele la sábana cuando los dos estamos debajo
La luz está apuñalando a los barcos.
Los ahoga una luna de concreto. Sostenlos.
¡Cállense! Ellos pueden solos.

A veces la noche es un espejo.
¿A quién lastima entonces? ¿quién se queja?
Basta ya. La noche no conoce tu rostro.

¡Escúchame!
Él se acurruca — no sabe dónde —.
Si la noche no me conoce a mí
él no conoce a los monstruos de la noche
Dentro suyo Afuera despierta
Quiero exorcizarle. Exorcizar la miel de los minutos.
¿Que me la coma? No hay tiempo
Hacen falta dos almendras

Abraham a mi derecha; yo a su izquierda
En medio la desventurada trinidad de una lágrima
Se rehúsa a escuchar el canto bicolor de la sirena
Y convertirse en un multitudinario disparo a:

Se supone que los ojos saben ver
De los tuyos podría beberme la soledad del jardín
Sin embargo, aún ignoras
Que aquí no pasa nada

Nada más allá de las siguientes líneas:
Si tu ceguera te oculta lo que está detrás de la pared
Siempre puedes interrogar a tus preguntas
Yo digo la verdad de mi pentagrama defectuoso
Pero la susurro por si los monstruos:
Abraham duerme.

 

Abraham de Dios
¿De cuál?
Del que está siempre detrás.
Abraham del dios que está siempre detrás.
No. ¿Detrás de tus palabras?
Espera, primero tengo que sacarlas del agua.
Detrás del ficus ¿un caracol?
No. Míralo a él.

                                                    Mírame.
Detrás de la almohada quién sabe.
Yo sé; él se olvida. Abraham.

Abraham duerme detrás de la pared
Se acurruca en el ruido de una ambulancia
Que lo encamina a una curación en el amanecer
Lloran tanto el preludio de los cálculos de la                                                                          [ciudad
Y la arbitrariedad del vocablo.
A él le duele la sábana cuando los dos estamos
                                                               [debajo
La luz está apuñalando a los barcos.
Los ahoga una luna de concreto. Sostenlos.
¡Cállense! Ellos pueden solos.

A veces la noche es un espejo.
¿A quién lastima entonces? ¿quién se queja?
Basta ya. La noche no conoce tu rostro.

¡Escúchame!
Él se acurruca — no sabe dónde —.
Si la noche no me conoce a mí
él no conoce a los monstruos de la noche
Dentro suyo Afuera despierta
Quiero exorcizarle. Exorcizar la miel de los
                                                        [minutos.
¿Que me la coma? No hay tiempo
Hacen falta dos almendras

Abraham a mi derecha; yo a su izquierda
En medio la desventurada trinidad de una lágrima
Se rehúsa a escuchar el canto bicolor de la sirena
Y convertirse en un multitudinario disparo a:

Se supone que los ojos saben ver
De los tuyos podría beberme la soledad del jardín
Sin embargo, aún ignoras
Que aquí no pasa nada

Nada más allá de las siguientes líneas:
Si tu ceguera te oculta lo que está detrás de la
                                                              [pared
Siempre puedes interrogar a tus preguntas
Yo digo la verdad de mi pentagrama defectuoso
Pero la susurro por si los monstruos:
Abraham duerme.

 

Abraham de Dios
¿De cuál?
Del que está siempre detrás.
Abraham del dios que está siempre detrás.
No. ¿Detrás de tus palabras?
Espera, primero tengo que sacarlas del agua.
Detrás del ficus ¿un caracol?
No. Míralo a él.

                                                    Mírame.
Detrás de la almohada quién sabe.
Yo sé; él se olvida. Abraham.

Abraham duerme detrás de la pared
Se acurruca en el ruido de una ambulancia
Que lo encamina a una curación en el amanecer
Lloran tanto el preludio de los cálculos de la ciudad
Y la arbitrariedad del vocablo.
A él le duele la sábana cuando los dos estamos debajo
La luz está apuñalando a los barcos.
Los ahoga una luna de concreto. Sostenlos.
¡Cállense! Ellos pueden solos.

A veces la noche es un espejo.
¿A quién lastima entonces? ¿quién se queja?
Basta ya. La noche no conoce tu rostro.

¡Escúchame!
Él se acurruca — no sabe dónde —.
Si la noche no me conoce a mí
él no conoce a los monstruos de la noche
Dentro suyo Afuera despierta
Quiero exorcizarle. Exorcizar la miel de los minutos.
¿Que me la coma? No hay tiempo
Hacen falta dos almendras

Abraham a mi derecha; yo a su izquierda
En medio la desventurada trinidad de una lágrima
Se rehúsa a escuchar el canto bicolor de la sirena
Y convertirse en un multitudinario disparo a:

Se supone que los ojos saben ver
De los tuyos podría beberme la soledad del jardín
Sin embargo, aún ignoras
Que aquí no pasa nada

Nada más allá de las siguientes líneas:
Si tu ceguera te oculta lo que está detrás de la pared
Siempre puedes interrogar a tus preguntas
Yo digo la verdad de mi pentagrama defectuoso
Pero la susurro por si los monstruos:
Abraham duerme.

 

Abraham de Dios
¿De cuál?
Del que está siempre detrás.
Abraham del dios que está siempre detrás.
No. ¿Detrás de tus palabras?
Espera, primero tengo que sacarlas del agua.
Detrás del ficus ¿un caracol?
No. Míralo a él.

                                                    Mírame.
Detrás de la almohada quién sabe.
Yo sé; él se olvida. Abraham.

Abraham duerme detrás de la pared
Se acurruca en el ruido de una ambulancia
Que lo encamina a una curación en el amanecer
Lloran tanto el preludio de los cálculos de la
                                                          [ciudad
Y la arbitrariedad del vocablo.
A él le duele la sábana cuando los dos estamos
                                                          [debajo
La luz está apuñalando a los barcos.
Los ahoga una luna de concreto. Sostenlos.
¡Cállense! Ellos pueden solos.

A veces la noche es un espejo.
¿A quién lastima entonces? ¿quién se queja?
Basta ya. La noche no conoce tu rostro.

¡Escúchame!
Él se acurruca — no sabe dónde —.
Si la noche no me conoce a mí
él no conoce a los monstruos de la noche
Dentro suyo Afuera despierta
Quiero exorcizarle. Exorcizar la miel de los
                                                      [minutos.
¿Que me la coma? No hay tiempo
Hacen falta dos almendras

Abraham a mi derecha; yo a su izquierda
En medio la desventurada trinidad de una
                                                    [lágrima
Se rehúsa a escuchar el canto bicolor de la
                                                     [sirena
Y convertirse en un multitudinario disparo a:

Se supone que los ojos saben ver
De los tuyos podría beberme la soledad del
                                                     [jardín
Sin embargo, aún ignoras
Que aquí no pasa nada

Nada más allá de las siguientes líneas:
Si tu ceguera te oculta lo que está detrás de la
                                                     
 [pared
Siempre puedes interrogar a tus preguntas
Yo digo la verdad de mi pentagrama defectuoso
Pero la susurro por si los monstruos:
Abraham duerme.

 

Imagen de portada: Massimo Siragusa

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