4

N.007 - Narrativa

4

N.007 - Narrativa

4

N.007 - Narrativa

4

N.007 - Narrativa

4

N.007 - Narrativa

Escrito por Esteban Arredondo

Yacía dentro de una cápsula transparente. Estaba flotando en unos tres metros cúbicos de un líquido fluorescente. Las luces, además, lo alumbraban desde atrás, y eran rojas sangre: ocho candelas de neón de 340 vatios. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Alrededor de la cápsula había un muro de monitores que cambiaban constantemente de transmisión. Parecía un enorme cuarto de seguridad. Cuando entramos, apenas nos dimos cuenta de que el cuerpo estaba allí. Los monitores me habían cegado por completo. Traté de figurarme qué clase de imágenes transmitía cada uno de ellos, pero el director tomó asiento enseguida y todos guardamos la posición. Luego de un silencio seco, nos quedamos como consternados, viéndonos las caras, fingiendo comportarnos naturalmente. Es uno de los cuatro, dijo el viejo, el resto está en las alas norte y sur. Ahora podrán observarlo con claridad. Entonces configuró el panel de control que estaba a su derecha, sobre el brazo del asiento, y de pronto, todos los monitores sintonizaron lo mismo: la imagen de un águila calva. Todos los participantes voltearon a ver hacía la cápsula. Fue entonces que me di cuenta; sus ojos estaban cubiertos por un tipo de lentes oscuros colocados como una banda alrededor de su cráneo. Los cables que lo sostenían desde arriba, comenzaron a brillar con estímulos intermitentes de luz en dirección a su cuerpo, como si estuvieran conduciendo algún líquido fosforescente. Anoté en mi cuaderno eso mismo. El cuerpo es alimentado por suero bioluminiscente. No tenía idea de lo que podría ser. Todo el biobanco consistía en esa única cápsula, ahí en el centro de la sala, brillando como una lámpara gigante. El cuerpo desnudo descansaba en ese líquido que lo envolvía. Flotaba. Eso quizás era lo más importante. Flotaba como si el peso de su cuerpo hubiera sido eliminado de la realidad. Sus brazos colgaban: si es que se le puede llamar colgar a mantenerse ingrávido sobre tal substancia etérea.

Recurrí a Ongi, que estaba a mi lado, y le pregunté si sabía cómo protegían la cápsula de la presión del líquido. Ha de ser porque el líquido no es líquido en absoluto, me dijo, sino aire. Me quedé algo consternado al respecto. Al carajo con eso. ¿Aire? Sí, me respondió, aunque no precisamente “nuestro” aire. Es un híbrido de metano y no sé qué más cosas. No quise preguntar más. En realidad ganaba muy poco sabiendo qué era. Mis manos estaban dejando mi cuerpo. Húmedamente lentas. Tenía en la cabeza cientos de recuerdos familiares atravesando de un lado a otro. Era como un bombardeo de sensaciones. No sé por qué. Eran pensamientos incoherentes. Estaba nadando en ellos. Y entonces de nuevo la sensación excorpórea de trasladarme a esa cápsula. Vaya, el aire sí que se sentía pesado. Estábamos respirando deuterio y nadie se daba cuenta. Ongi lucía tan blando como siempre. Con su maldita sonrisa blanda y su ojo torcido. Cuando me miraba no sabía a qué ojo dirigirme. Siempre creí que él tenía una ventaja con eso. La debilidad nos hace fuertes, pensé. ¿Qué?, dijo Ongi. Oh, nada, respondí.

La sala estaba más oscura que de costumbre. El director había estado hablando por más de quince minutos, pero yo ya había perdido el hilo de su discurso. Los isótopos hacen contacto con su medio interno, provocando un desajuste en la diálisis que impide que su metabolismo pueda estabilizarse. Pobre tipo, pensé. Me resultó extraño, luego de pensarlo, llamar tipo a uno de los cuatro seres vivientes. Es un consuelo que los ojos no sean oídos, le dije a Ongi. Oh, no hay necesidad de eso, Carl, me respondió después de lanzar una frágil carcajada. Ambos nos pusimos a observar las pantallas. Dos de ellas sintonizaban amarillo, una verde, tres fucsia, una celeste y el resto estaban apagadas: sintonizaban negro. El director nos interrumpió mientras discutíamos sobre la calidad de transmisión de ese día, que no era normal porque había permanecido así por los últimos diez minutos. La transmisión de los ojos nunca fallaba. Entonces nos dijo, en voz alta: Estamos teniendo problemas con una de las ruedas, pronto volveremos a estabilizar la transmisión. Miré a Ongi y leí en su comportamiento lo mismo que había pensado yo. Esa es una puta mentira. Las ruedas son el motor de todo esto, le dije a Ongi, ¿qué demonios se supone que pueden hacer si está fallando una de ellas? Él me hizo un gesto de que me callara. Yo sé, dijo.

Todo aquél que busque el cielo será atado a la tierra. La vida no es orgánica puesto que no muere, solo cede su materia al tiempo. Somos inyectados por eones e información, es eso lo que nos mantiene adheridos al cuerpo.

Águila yace en una de las cuatro alas. Al igual que él, los otros tres. Sólo es cuestión de tiempo para que los transistores se carguen. Ongi me dice, en uno de los intermedios, que salgamos de la sala. Volamos. Siento esta tremenda necesidad de escapar. El resto del grupo apenas se da cuenta. Hay mucho en qué perder la atención.

 

Yacía dentro de una cápsula transparente. Estaba flotando en unos tres metros cúbicos de un líquido fluorescente. Las luces, además, lo alumbraban desde atrás, y eran rojas sangre: ocho candelas de neón de 340 vatios. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Alrededor de la cápsula había un muro de monitores que cambiaban constantemente de transmisión. Parecía un enorme cuarto de seguridad. Cuando entramos, apenas nos dimos cuenta que el cuerpo estaba allí. Los monitores me habían cegado por completo. Traté de figurarme qué clase de imágenes transmitía cada uno de ellos, pero el director tomó asiento enseguida y todos guardamos la posición. Luego de un silencio seco, nos quedamos como consternados, viéndonos las caras, fingiendo comportarnos naturalmente. Es uno de los cuatro, dijo el viejo, el resto está en las alas norte y sur. Ahora podrán observarlo con claridad. Entonces configuró el panel de control que estaba a su derecha, sobre el brazo del asiento, y de pronto, todos los monitores sintonizaron lo mismo: la imagen de un águila calva. Todos los participantes voltearon a ver hacía la cápsula. Fue entonces que me di cuenta; sus ojos estaban cubiertos por un tipo de lentes oscuros colocados como una banda alrededor de su cráneo. Los cables que lo sostenían desde arriba, comenzaron a brillar con estímulos intermitentes de luz en dirección a su cuerpo, como si estuvieran conduciendo algún líquido fosforescente. Anoté en mi cuaderno eso mismo. El cuerpo es alimentado por suero bioluminiscente. No tenía idea de lo que podría ser. Todo el biobanco consistía en esa única cápsula, ahí en el centro de la sala, brillando como una lámpara gigante. El cuerpo desnudo descansaba en ese líquido que lo envolvía. Flotaba. Eso quizás era lo más importante. Flotaba como si el peso de su cuerpo hubiera sido eliminado de la realidad. Sus brazos colgaban: si es que se le puede llamar colgar a mantenerse ingrávido sobre tal substancia etérea.

Recurrí a Ongi, que estaba a mi lado, y le pregunté si sabía cómo protegían la cápsula de la presión del líquido. Ha de ser porque el líquido no es líquido en absoluto, me dijo, sino aire. Me quedé algo consternado al respecto. Al carajo con eso. ¿Aire? Sí, me respondió, aunque no precisamente “nuestro” aire. Es un híbrido de metano y no sé qué más cosas. No quise preguntar más. En realidad ganaba muy poco sabiendo qué era. Mis manos estaban dejando mi cuerpo. Húmedamente lentas. Tenía en la cabeza cientos de recuerdos familiares atravesando de un lado a otro. Era como un bombardeo de sensaciones. No sé por qué. Eran pensamientos incoherentes. Estaba nadando en ellos. Y entonces de nuevo la sensación excorpórea de trasladarme a esa cápsula. Vaya, el aire sí que se sentía pesado. Estábamos respirando deuterio y nadie se daba cuenta. Ongi lucía tan blando como siempre. Con su maldita sonrisa blanda y su ojo torcido. Cuando me miraba no sabía a qué ojo dirigirme. Siempre creí que él tenía una ventaja con eso. La debilidad nos hace fuertes, pensé. ¿Qué?, dijo Ongi. Oh, nada, respondí.

La sala estaba más oscura que de costumbre. El director había estado hablando por más de  quince minutos, pero yo ya había perdido el hilo de su discurso. Los isótopos hacen contacto con su medio interno, provocando un desajuste en la diálisis que impide que su metabolismo pueda estabilizarse. Pobre tipo, pensé. Me resultó extraño, luego de pensarlo, llamar tipo a uno de los cuatro seres vivientes. Es un consuelo que los ojos no sean oídos, le dije a Ongi. Oh, no hay necesidad de eso, Carl, me respondió después de lanzar una frágil carcajada. Ambos nos pusimos a observar las pantallas. Dos de ellas sintonizaban amarillo, una verde, tres fucsia, una celeste y el resto estaban apagadas: sintonizaban negro. El director nos interrumpió mientras discutíamos sobre la calidad de transmisión de ese día, que no era normal porque había permanecido así por los últimos diez minutos. La transmisión de los ojos nunca fallaba. Entonces nos dijo, en voz alta: Estamos teniendo problemas con una de las ruedas, pronto volveremos a estabilizar la transmisión. Miré a Ongi y leí en su comportamiento lo mismo que había pensado yo. Esa es una puta mentira. Las ruedas son el motor de todo esto, le dije a Ongi, ¿qué demonios se supone que pueden hacer si está fallando una de ellas? Él me hizo un gesto de que me callara. Yo sé, dijo.

Todo aquél que busque el cielo será atado a la tierra. La vida no es orgánica puesto que no muere, solo cede su materia al tiempo. Somos inyectados por eones e información, es eso lo que nos mantiene adheridos al cuerpo.

Águila yace en una de las cuatro alas. Al igual que él, los otros tres. Sólo es cuestión de tiempo para que los transistores se carguen. Ongi me dice, en uno de los intermedios, que salgamos de la sala. Volamos. Siento esta tremenda necesidad de escapar. El resto del grupo apenas se da cuenta. Hay mucho en qué perder la atención.


Yacía dentro de una cápsula transparente. Estaba flotando en unos tres metros cúbicos de un líquido fluorescente. Las luces, además, lo alumbraban desde atrás, y eran rojas sangre: ocho candelas de neón de 340 vatios. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Alrededor de la cápsula había un muro de monitores que cambiaban constantemente de transmisión. Parecía un enorme cuarto de seguridad. Cuando entramos, apenas nos dimos cuenta que el cuerpo estaba allí. Los monitores me habían cegado por completo. Traté de figurarme qué clase de imágenes transmitía cada uno de ellos, pero el director tomó asiento enseguida y todos guardamos la posición. Luego de un silencio seco, nos quedamos como consternados, viéndonos las caras, fingiendo comportarnos naturalmente. Es uno de los cuatro, dijo el viejo, el resto está en las alas norte y sur. Ahora podrán observarlo con claridad. Entonces configuró el panel de control que estaba a su derecha, sobre el brazo del asiento, y de pronto, todos los monitores sintonizaron lo mismo: la imagen de un águila calva. Todos los participantes voltearon a ver hacía la cápsula. Fue entonces que me di cuenta; sus ojos estaban cubiertos por un tipo de lentes oscuros colocados como una banda alrededor de su cráneo. Los cables que lo sostenían desde arriba, comenzaron a brillar con estímulos intermitentes de luz en dirección a su cuerpo, como si estuvieran conduciendo algún líquido fosforescente. Anoté en mi cuaderno eso mismo. El cuerpo es alimentado por suero bioluminiscente. No tenía idea de lo que podría ser. Todo el biobanco consistía en esa única cápsula, ahí en el centro de la sala, brillando como una lámpara gigante. El cuerpo desnudo descansaba en ese líquido que lo envolvía. Flotaba. Eso quizás era lo más importante. Flotaba como si el peso de su cuerpo hubiera sido eliminado de la realidad. Sus brazos colgaban: si es que se le puede llamar colgar a mantenerse ingrávido sobre tal substancia etérea.

Recurrí a Ongi, que estaba a mi lado, y le pregunté si sabía cómo protegían la cápsula de la presión del líquido. Ha de ser porque el líquido no es líquido en absoluto, me dijo, sino aire. Me quedé algo consternado al respecto. Al carajo con eso. ¿Aire? Sí, me respondió, aunque no precisamente “nuestro” aire. Es un híbrido de metano y no sé qué más cosas. No quise preguntar más. En realidad ganaba muy poco sabiendo qué era. Mis manos estaban dejando mi cuerpo. Húmedamente lentas. Tenía en la cabeza cientos de recuerdos familiares atravesando de un lado a otro. Era como un bombardeo de sensaciones. No sé por qué. Eran pensamientos incoherentes. Estaba nadando en ellos. Y entonces de nuevo la sensación excorpórea de trasladarme a esa cápsula. Vaya, el aire sí que se sentía pesado. Estábamos respirando deuterio y nadie se daba cuenta. Ongi lucía tan blando como siempre. Con su maldita sonrisa blanda y su ojo torcido. Cuando me miraba no sabía a qué ojo dirigirme. Siempre creí que él tenía una ventaja con eso. La debilidad nos hace fuertes, pensé. ¿Qué?, dijo Ongi. Oh, nada, respondí.

La sala estaba más oscura que de costumbre. El director había estado hablando por más de  quince minutos, pero yo ya había perdido el hilo de su discurso. Los isótopos hacen contacto con su medio interno, provocando un desajuste en la diálisis que impide que su metabolismo pueda estabilizarse. Pobre tipo, pensé. Me resultó extraño, luego de pensarlo, llamar tipo a uno de los cuatro seres vivientes. Es un consuelo que los ojos no sean oídos, le dije a Ongi. Oh, no hay necesidad de eso, Carl, me respondió después de lanzar una frágil carcajada. Ambos nos pusimos a observar las pantallas. Dos de ellas sintonizaban amarillo, una verde, tres fucsia, una celeste y el resto estaban apagadas: sintonizaban negro. El director nos interrumpió mientras discutíamos sobre la calidad de transmisión de ese día, que no era normal porque había permanecido así por los últimos diez minutos. La transmisión de los ojos nunca fallaba. Entonces nos dijo, en voz alta: Estamos teniendo problemas con una de las ruedas, pronto volveremos a estabilizar la transmisión. Miré a Ongi y leí en su comportamiento lo mismo que había pensado yo. Esa es una puta mentira. Las ruedas son el motor de todo esto, le dije a Ongi, ¿qué demonios se supone que pueden hacer si está fallando una de ellas? Él me hizo un gesto de que me callara. Yo sé, dijo.

Todo aquél que busque el cielo será atado a la tierra. La vida no es orgánica puesto que no muere, solo cede su materia al tiempo. Somos inyectados por eones e información, es eso lo que nos mantiene adheridos al cuerpo.

Águila yace en una de las cuatro alas. Al igual que él, los otros tres. Sólo es cuestión de tiempo para que los transistores se carguen. Ongi me dice, en uno de los intermedios, que salgamos de la sala. Volamos. Siento esta tremenda necesidad de escapar. El resto del grupo apenas se da cuenta. Hay mucho en qué perder la atención.


Yacía dentro de una cápsula transparente. Estaba flotando en unos tres metros cúbicos de un líquido fluorescente. Las luces, además, lo alumbraban desde atrás, y eran rojas sangre: ocho candelas de neón de 340 vatios. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Alrededor de la cápsula había un muro de monitores que cambiaban constantemente de transmisión. Parecía un enorme cuarto de seguridad. Cuando entramos, apenas nos dimos cuenta que el cuerpo estaba allí. Los monitores me habían cegado por completo. Traté de figurarme qué clase de imágenes transmitía cada uno de ellos, pero el director tomó asiento enseguida y todos guardamos la posición. Luego de un silencio seco, nos quedamos como consternados, viéndonos las caras, fingiendo comportarnos naturalmente. Es uno de los cuatro, dijo el viejo, el resto está en las alas norte y sur. Ahora podrán observarlo con claridad. Entonces configuró el panel de control que estaba a su derecha, sobre el brazo del asiento, y de pronto, todos los monitores sintonizaron lo mismo: la imagen de un águila calva. Todos los participantes voltearon a ver hacía la cápsula. Fue entonces que me di cuenta; sus ojos estaban cubiertos por un tipo de lentes oscuros colocados como una banda alrededor de su cráneo. Los cables que lo sostenían desde arriba, comenzaron a brillar con estímulos intermitentes de luz en dirección a su cuerpo, como si estuvieran conduciendo algún líquido fosforescente. Anoté en mi cuaderno eso mismo. El cuerpo es alimentado por suero bioluminiscente. No tenía idea de lo que podría ser. Todo el biobanco consistía en esa única cápsula, ahí en el centro de la sala, brillando como una lámpara gigante. El cuerpo desnudo descansaba en ese líquido que lo envolvía. Flotaba. Eso quizás era lo más importante. Flotaba como si el peso de su cuerpo hubiera sido eliminado de la realidad. Sus brazos colgaban: si es que se le puede llamar colgar a mantenerse ingrávido sobre tal substancia etérea.

Recurrí a Ongi, que estaba a mi lado, y le pregunté si sabía cómo protegían la cápsula de la presión del líquido. Ha de ser porque el líquido no es líquido en absoluto, me dijo, sino aire. Me quedé algo consternado al respecto. Al carajo con eso. ¿Aire? Sí, me respondió, aunque no precisamente “nuestro” aire. Es un híbrido de metano y no sé qué más cosas. No quise preguntar más. En realidad ganaba muy poco sabiendo qué era. Mis manos estaban dejando mi cuerpo. Húmedamente lentas. Tenía en la cabeza cientos de recuerdos familiares atravesando de un lado a otro. Era como un bombardeo de sensaciones. No sé por qué. Eran pensamientos incoherentes. Estaba nadando en ellos. Y entonces de nuevo la sensación excorpórea de trasladarme a esa cápsula. Vaya, el aire sí que se sentía pesado. Estábamos respirando deuterio y nadie se daba cuenta. Ongi lucía tan blando como siempre. Con su maldita sonrisa blanda y su ojo torcido. Cuando me miraba no sabía a qué ojo dirigirme. Siempre creí que él tenía una ventaja con eso. La debilidad nos hace fuertes, pensé. ¿Qué?, dijo Ongi. Oh, nada, respondí.

La sala estaba más oscura que de costumbre. El director había estado hablando por más de  quince minutos, pero yo ya había perdido el hilo de su discurso. Los isótopos hacen contacto con su medio interno, provocando un desajuste en la diálisis que impide que su metabolismo pueda estabilizarse. Pobre tipo, pensé. Me resultó extraño, luego de pensarlo, llamar tipo a uno de los cuatro seres vivientes. Es un consuelo que los ojos no sean oídos, le dije a Ongi. Oh, no hay necesidad de eso, Carl, me respondió después de lanzar una frágil carcajada. Ambos nos pusimos a observar las pantallas. Dos de ellas sintonizaban amarillo, una verde, tres fucsia, una celeste y el resto estaban apagadas: sintonizaban negro. El director nos interrumpió mientras discutíamos sobre la calidad de transmisión de ese día, que no era normal porque había permanecido así por los últimos diez minutos. La transmisión de los ojos nunca fallaba. Entonces nos dijo, en voz alta: Estamos teniendo problemas con una de las ruedas, pronto volveremos a estabilizar la transmisión. Miré a Ongi y leí en su comportamiento lo mismo que había pensado yo. Esa es una puta mentira. Las ruedas son el motor de todo esto, le dije a Ongi, ¿qué demonios se supone que pueden hacer si está fallando una de ellas? Él me hizo un gesto de que me callara. Yo sé, dijo.

Todo aquél que busque el cielo será atado a la tierra. La vida no es orgánica puesto que no muere, solo cede su materia al tiempo. Somos inyectados por eones e información, es eso lo que nos mantiene adheridos al cuerpo.

Águila yace en una de las cuatro alas. Al igual que él, los otros tres. Sólo es cuestión de tiempo para que los transistores se carguen. Ongi me dice, en uno de los intermedios, que salgamos de la sala. Volamos. Siento esta tremenda necesidad de escapar. El resto del grupo apenas se da cuenta. Hay mucho en qué perder la atención.


Esteban Arredondo. 26, Guatemala. Comunicador y estudiante de letras. #Actualmente obsesionado con el salto de fe de Kierkegaard y la paradoja del veneno de Kavka.

Imagen de portada: Arnau Rovira Vidal

m_sueter

Llevé el sueter como nunca

N.007 - Poesía

Acércate a nosotros

Nuestra meta

Suscríbete

Nuestro propósito es servir como una plataforma de difusión para escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos  haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Himen es un proyecto independiente. Nuestro propósito es servir como una plataforma para exponer escritores de habla hispana.

La Revista Himen es un proyecto completamente independiente. Puedes apoyarnos comprando nuestros productos o haciendo una donación.

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

Suscríbete a nuestra Newsletter y entérate de nuestras convocatorias. Prometemos no llenar tu correo de spam :)

circulo-animacion
logo_himen-01

© 2013 – 2019 Revista Himen. Diseño por C.A.

Términos y Condiciones - Copyrights